¡ah, qué raro!

…ideas como liebres…

Fracturas

Aquel verano nos fuimos de interrail, Jordi, Ángel, Nacho, José y yo. Era el año 1992, y nosotros estudiábamos en Madrid. José y yo nos conocíamos de La Coruña, nuestra ciudad natal. Con Ángel ya había coincidido en el internado, en 3º de BUP y COU. Los cinco habíamos estudiado los primeros cursos de nuestras respectivas carreras en el mismo colegio mayor.

Fue un gran viaje: un canario, un vasco, un leonés y dos gallegos, traqueteando por el continente en vagones de segunda clase. Recorrimos muchas ciudades, dormíamos en los trenes y nos despertábamos a muchos kilómetros de distancia del lugar en el que nos habíamos quedado dormidos… Queríamos ver toda Europa en un mes, y casi lo conseguimos.

Nos separamos en Praga: Jordi y Ángel emprendían la vuelta por otro camino, José, Nacho y yo teníamos algo más de tiempo. Aquella noche, en la pensión, nos pusimos a hablar con un checo que estaba jugando al billar. Creo que, tras casi dos semanas de viaje, era la primera conversación seria que teníamos con un extraño. Es lo que pasa cuando viajas en grupo: no necesitas a nadie, y no te relacionas mucho.

Hablábamos en inglés chapurreado mientras jugábamos. No recuerdo su nombre. El checo nos contó que era jugador profesional, y que en cierta ocasión había temido por su vida: tenía una deuda muy grande que no podía pagar, y le habían amenazado de muerte. Decía que estaba vivo gracias a la caída del muro de Berlín: por aquellas fechas confusas e inciertas de finales de 1989 se la había jugado cruzando la frontera alemana varias veces para comprar y vender coronas checas. Así había conseguido el dinero necesario para salvar su vida, que era mucho.

-No lo entiendo- pensé -este tío es un fantasma-
Seguramente lo fuera, pero no tiene importancia.

Han pasado 22 años.

Me molesta lo que no entiendo, me molesta mucho. Una frontera, una moneda que no vale lo mismo a los dos lados. ¿Cómo alguien se puede hacer rico comprando y vendiendo moneda a tan pocos kilómetros de distancia? Allí había una brecha, una fractura que de alguna manera era muy artifical, pero al mismo tiempo se aceptaba tal y como era a cada uno de sus dos lados.

¿Por qué una moneda vale lo que vale? ¿Por qué no vale lo mismo a ambos lados de la frontera? ¿Qué es, en realidad, una frontera? Desde el tren no se veían tan claras las diferencias…

Fracturas.

Las fracturas son la norma. Se crean, se alimentan, se explotan, y se aceptan, no ya con resignación, sino con una mezcla estúpida de orgullo y satsifacción por parte de los que las sufren. La creación, mantenimiento y explotación de las fracturas sociales es la actividad exclusiva en lo que consiste lo que ingenuamente llamamos “política internacional”. Las fracturas son muy rentables.

Guerra Fría. Guerra Contra el Terror. Guerra del Narco. Maidan. Primavera Árabe. Guerra Santa. El Eje del Mal. Cruzadas. España ens Roba. Todo es ETA…

Podemos hacer una analogía física: se trata de crear y de mantener una “diferencia de potencial”, una separación que genere una tensión de cuya “energía” nos podamos aprovechar. Esa diferencia genera un movimiento natural, una energía controlada, es decir, un trabajo que tiende precisamente a anular dicha diferencia.

Por eso cuesta crear y mantener el salto: en términos energéticos siempre costará más crear la brecha que el beneficio que podamos extraer de ella. Es por esto que los ingenieros se aprovechan de los flujos naturales de energía: las diferencias de potencial que espontáneamente crea la naturaleza.

¿Cuáles serían entonces las “fuentes de energía” naturales que explotan los “ingenieros sociales”?

1- el miedo
2- el odio
3- la falta de información veraz y contrastada: la incertidumbre
4- la compraventa de voluntades: la corrupción

EL miedo lo leemos cada día en la prensa, lo vemos en todos los telediarios, se hace cotidiano en la radio y en las revistas. Nos quieren atemorizados, ¿no es cierto?

El odio se enseña. Yo he visto a maestros del odio actuar con muuucha paciencia. Me tuve que marchar de Barcelona, hace ya muchos años, no porque no soportara a los maestros, que eran pocos ¡lo que no soportaba era la mansedumbre de los alumnos del odio! Se aprende a odiar como quien oye llover… Entendí entonces que la gente es perezosa, que no se informa, que escucha siempre a los aduladores antes que a los críticos. Y que odiar no cuesta tanto si ese odio es aceptado socialmente.

¿A quién creer? En medio de la batalla ¿de qué periódico fiarse? De ninguno. ¡Qué bueno que tenemos twitter para poder elegir, para tener información fresca, espontánea y filtrada por una comunidad! ¡Pero cuánto odio hay también en twitter, qué desagradable es a veces! La incertidumbre nos hace vulnerables, nos atemoriza y nos vence. En la era de los mass-media, ¡qué fácil era controlar y manipular la información! Ahora internet lo ha hecho más complicado, pero sólo un poco. Los creadores de opinión son pocos, y están en venta. Ya no hace falta controlarlo todo, basta con tener alguna “autoridad” a sueldo.

Pero no basta con crear la fractura: para explotarla hace falta mantenerla artificialmente lo máximo posible, y al menor coste. Ya hemos visto que el movimiento natural tiende a cerrar las heridas. Se hace indispensable una forma barata de mantenerlas abiertas. Y aquí entra la falta de ética del ser humano: la corrupción. No hay brecha sostenible, no hay fractura, no hay guerra, no hay frontera, no hay poder, no hay política, no hay estado sin corrupción a gran escala.

Si miras a los ojos a un desconocido, te verás reflejado en ellos. Sin miedo, sin odio, sin corrupción, las diferencias se van cerrando solas. Nos separan para aprovecharse de nosotros. Y encima les aplaudimos.

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Esta entrada fue publicada en 14 de septiembre de 2014 por en ah qué raro y etiquetada con , , .
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