¡ah, qué raro!

…ideas como liebres…

algo más

 
Algo más

Dicen que la ciencia es atea, que ha excluido a Dios del universo. Y en parte es verdad, pero sólo en parte. Su método de trabajo excluye por principio toda explicación finalista y no objetiva de los sucesos: no es aceptable, para la ciencia, explicar ninguna cosa mediante la acción de un ser divino. Simplemente, esa sería una explicación no científica.

Sin embargo, muchos científicos son y han sido personas religiosas. A pesar de que su férrea disciplina ha ido arrancando, siglo tras siglo, retales de pura verdad a las diferentes doctrinas religiosas. A pesar de que sus esfuerzos en numerosas ocasiones les han enfrentado con un poder religioso que ha comprometido su vida y les ha causado verdaderos problemas personales. A pesar de todo esto, muchos de los grandes pensadores de la ciencia han guardado en un rincón de su visión del mundo un pequeño espacio para el misterio, un lugar donde guardar ese “algo más” al que la ciencia aún no puede llegar…

Ahora los ateos se han vuelto beligerantes, y proclaman su verdad revelada desde los carteles del autobús. Me incomoda que se apoderen de la ciencia, y de los científicos, para su cruzada. Incluso en ocasiones se atribuyen adeptos ilustres como Albert Einstein, quien, ¡ay!, dejo escrito en numerosas ocasiones cosas como esta:

“La experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio. Es la emocíón fundamental que está en la cuna del verdadero arte y de la verdadera ciencia. El que no la conozca y no pueda ya admirarse, y no pueda ya asombrarse ni maravillarse, está como muerto y tiene los ojos nublados. Fue la experiencia del misterio, aunque mezclada con el miedo, la que engendró la religión. La certeza de que existe algo que no podemos alcanzar, nuestra percepción de la razón más profunda y la belleza más deslumbradora, a las que nuestras mentes sólo pueden acceder en sus formas más toscas… son esta certeza y esta emoción las que constituyen la auténtica religiosidad. En este sentido, y sólo en éste, es en el que soy un hombre profundamente religioso. No puedo imaginar a un dios que recompense y castigue a sus criaturas, o que tenga una voluntad parecida a la que experimentamos dentro de nosotros mismos. Ni puedo ni querría imaginar que el individuo sobreviva a su muerte física; dejemos que las almas débiles, por miedo o por absurdo egoísmo, se complazcan en estas ideas. Yo me doy por satisfecho con el misterio de la etemidad de la vida y con la conciencia de un vislumbre de la estructura maravillosa del mundo real, junto con el esfuerzo decidido por abarcar una parte, aunque sea muy pequeña, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.” Albert Einstein, “Mi Concepción del Mundo”

Realmente, resulta muy interesante profundizar en las razones de esta aparente contradicción. ¿Cómo puede ser que un gran científico se manifieste profundamente religioso? ¿Cómo conciliar en lo más íntimo ciencia y religión, sobretodo si te llamas Einstein, Descartes, Schrödinger o Isaac Newton? Parecería en principio más coherente una actitud personal atea, similar a la de otros grandes científicos como el genial Richard Feynman; o el mismo Laplace, que dijo de Dios en una ocasión: “…nunca he necesitado esa hipótesis..” ¿O quizás no?

La humildad de los sabios

«Si he visto más lejos es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes»
Isaac Newton

Existe una línea de pensamiento que lleva, ininterrumpidamente, desde los antiguos pensadores presocráticos a la concepción moderna y científica del universo. Si la seguimos, quizás podremos encontrar la explicación que estamos buscando. Yes que aquellos gigantes, a fuer de enfrentarse con él, tenían un gran respeto por lo desconocido…

“No anheles conocerlo todo, no sea que te vuelvas ignorante de todo.”
Democrito de Abdera

Su discípulo Protágoras razonaba así:

“Sobre los dioses no puedo saber ni que existen ni que no existen.”

La aplastante superioridad de lo desconocido se manifiesta abiertamente en Sócrates: “Yo solo sé que no sé nada”; y también “La admiración es la hija de la ignorancia y la madre de la ciencia”, que anticipa muchos siglos la anterior cita de Einstein.

Y en sus discípulos, maestros de maestros, de maestros…

“Lo poco que sé se lo debo a mi ignorancia” Platón

“Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella.”
“El ignorante afirma; el sabio duda y reflexiona.” Aristóteles

Y así llegamos hasta Descartes, el racionalista, el gran escéptico, padre de la filosofía y de la ciencia modernas, quien de alguna manera anticipa la actitud religiosa de Einstein, sin separarse de Sócrates:

«No admitas jamás cosa alguna como verdad sin haber conocido con evidencia que así era; es decir, evitar con sumo cuidado la precipitación y la prevención, y no admitir en mis juicios nada más que lo que se presente tan clara y distintivamente a mi espíritu, que no tuviese motivo alguno para ponerlo en duda»

«Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro».

El precio de la objetividad

Pero más allá de la duda, la ciencia moderna nos ofrece una vasta cantidad de conocimiento seguro. Siguiendo como nadie la máxima de Descartes, los científicos nos ofrecen una impresionante herencia de conocimiento objetivo, basado sólidamente sobre la experiencia y la razón. Pero la objetividad tiene un precio cruel…

Quizás sea Erwin Schrödinger el pensador que más lejos ha llegado al explorar los límites de la ciencia. No es extraño, pues los pioneros de la física cuántica descubrieron una verdad tan extraña que aún hoy no ha llegado a ser comprendida, más allá de su formulación matemática. Schrödinger tenía una gran formación humanística, que abarcaba desde los filósofos presocráticos hasta la filosofía oriental de los Aiur Veda. Es en su libro “Mente y Materia” donde se mete a degüello con el tema de la objetividad: ¿cuál es el precio de la objetividad de la ciencia?

Para que la mente obtenga un conocimiento objetivo del mundo material, ha de excluirse a si misma, escrupulosamente, del objeto que desea conocer. Esta paradoja es ineludible, y se refleja en el hecho de que la ciencia actual considera a la conciencia como un epifenómeno, una realidad extraña que de nada sirve y no tiene ninguna influencia real sobre nuestro comportamiento. Dicho de otra manera: si los átomos simplemente se mueven siguiendo leyes puramente mecánicas, deterministas (la necesidad de la que hablaba Demócrito), ¿cuál sería entonces el papel de la mente?

“Creo que es el mejor símil del sorprendente doble papel de la mente. La mente es, por un lado, el artista que ha producido el todo; sin embargo, en la obra terminada no es sino un accesorio insignificante que puede omitirse sin que por ello el efecto total pierda el menor mérito” Erwin Schrödinger, “Mente y Materia”

Este es el hecho: la ciencia moderna, acuciada por la necesidad de liberarse de los mitos religiosos y de las explicaciones basadas en una supuesta voluntad “divina”, se ha esforzado tanto en excluir de su seno las causas finales que, en ese camino, ha excluido a la propia mente de su ámbito de conocimiento. La mente, la propia del científico, la mente en primera persona, y con ella todo lo que concierne íntimamente a la vida humana, ha sido separada limpiamente del mundo objetivo, aquel que la ciencia considera auténticamente real.

La ciencia es, por tanto, incompleta. El truco que nos sugiere Schrödinger (recordemos que fue Premio Nobel de Física en 1933) para comprobarlo es sencillo: preguntémosle a un físico por el color amarillo.

“Solo quiero decir lo siguiente: podemos estar seguros de que no existe un proceso nervioso cuya descripción objetiva incluya la característica “color amarillo” o “sabor dulce”, y seguros de que tampoco la descripción objetiva de la onda electromagnética contiene estas características”

La incompletitud de la ciencia. Los teoremas de Godel

En “El Carácter de la Ley Física” el genial y ateo profesor Feynman nos advierte de que la naturaleza está escrita en el lenguaje de las matemáticas, lo que ya sabíamos desde Galileo. Pues bien, existen dos teoremas matemáticos que nos advierten sobre la dificultad de enfrentarnos con lo inconmensurable: los teoremas de incompletitud de Kurt Gödel.

Gödel demostró en 1930 que un sistema formal lógico que pretenda contener todos los teoremas de la teoría de los números, la aritmética, y que posea un número finito de axiomas, ha de ser por fuerza o bien incoherente, o bien incompleto. Así se resume en la entrada de Wikipedia:

“El primer teorema de incompletitud afirma que, bajo ciertas condiciones, ninguna teoría matemática formal capaz de describir los números naturales y la aritmética con suficiente expresividad, es a la vez consistente y completa. Es decir, si los axiomas de dicha teoría no se contradicen entre sí, entonces existen sentencias que no pueden probarse ni refutarse. Las teorías aritméticas para las que el teorema es válido son básicamente aquellas en las que la deducción de teoremas puede realizarse mediante un algoritmo”

Es decir: adiós al sueño de Bertrand Russell de asimilar mediante la lógica las matemáticas con la filosofía.

Los teoremas e Gödel sólo demuestran lo que demuestran, pero nos enseñan nítidamente nuestras limitaciones al enfrentarnos con el infinito, incluso con el más simple y comprensible de todos, el de los números naturales (en matemáticas hay muchas clases de infinitos). La ciencia, por otra parte, ha tenido un gran éxito al enfrentarse con los problemas técnicos que nos plantea la naturaleza. Sin embargo, debemos recordar que lo desconocido nos rodea, y que como sugería Descartes lo que ignoramos vale más que lo que sabemos.

La incertidumbre

Yo no sé quien tiene razón, si Schrödinger o Laplace, si Einstein o Feynmman. Sobre la existencia de los dioses, me atengo a la opinión de Protágoras, pues en realidad no puedo saber si existen o no. La ciencia los excluye por principio, luego no puede demostrar ni su existencia ni su ausencia.

Pero me resulta mucho más atractiva la actitud humilde de los auténticos sabios, aquellos que de verdad se han medido con lo desconocido y le han arrancado un pedacito de verdad, que la arrogancia que percibo en algunos ateos de hoy en día.

Me gustaría terminar esta entrada con una cita que Galeno pone en boca de Demócrito, el primer atomista, con la que termina también el librito de Scrödinger. Se trata de un famoso diálogo entre el intelecto y los sentidos, acerca de qué es lo real:

“El primero dice: “Aparentemente, existe el color, la dulzura, lo amargo; en realidad, sólo existen átomos y vacío”, a lo que los sentidos replican: “Pobre intelecto, nosotros te hemos prestado la evidencia de ti mismo, ¿y tú quieres derrotarnos? Tu victoria es tu derrota.”

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Un comentario el “algo más

  1. moncho
    20 de noviembre de 2011

    Dedicado al profesor Wagensberg. Él no me conoce, pero da igual.

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Esta entrada fue publicada en 20 de noviembre de 2011 por en ah qué raro y etiquetada con , , , .
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