¡ah, qué raro!

…ideas como liebres…

los límites de la razón

En el papel cabe todo, dicen los ingenieros, cuando llegado el momento de la verdad un proyecto resulta fallido. Luego, cuando la realidad es tozuda y no se ajusta a lo que uno había pensado, de nada sirve lamentarse.

Otras veces se puede ver a dos técnicos discutir una cuestión en concreto. Los dos saben de lo que hablan, y ambos parecen tener sus razones, pero defienden posiciones opuestas. ¿Qué ocurre?

Pondré un ejemplo para aclarar mejor lo que quiero decir. Hace tiempo participé en la construcción de un gran silo de carbón que hay en el puerto de mi ciudad. Cuando casi estaba acabado, se decidió llenarlo de material para hacer pruebas, y al cabo de unas semanas el carbón empezó a arder. Espontáneamente, se formaron dos puntos calientes de pequeño tamaño, y comenzó la combustión en esas zonas.

Los técnicos no sabían bien qué había pasado. El carbón arde a unos 250ºC, y la temperatura ambiente era muy baja. Vinieron expertos de fuera y describieron la situación como normal, por habitual y poco peligrosa. Resulta que el carbón subbituminoso, del tipo del que se había almacenado, con el tiempo presenta este comportamiento espontáneamente. No se sabe bien por qué, aunque está claro que el oxígeno del aire, junto con algún otro factor aún desconocido, bastan para encender pequeñas porciones de la pila en ciertas condiciones.

Se presentó entonces la siguiente discusión, acerca de la conveniencia o no de la ventilación en orden a prevenir futuros fuegos: unos alegaban que la ventilación era desfavorable, pues el oxígeno era la causa principal de la reacción de combustión, mientras que otros afirmaban que, al estar el aire a temperatura ambiente, una corriente sostenida ayudaría a enfriar la pila y a evitar así la formación de hogueras. Ambas posturas parecían razonables, pero ¿quien tenía razón?

Pues los dos, y ninguno. La realidad es compleja, pero se manifiesta de forma simple y unívoca, sin equivocación posible.

La pila es una pequeña montaña de carbón, hecha de piedras de todos los tamaños. Es porosa. En su superficie, el aire la mantiene siempre a una temperatura estable a pesar del oxígeno. En su corazón, como no llega el oxígeno, nunca hay fuego. Pero existe una región, a un metro de la superficie hasta los dos metros de profundidad, a la que llega el oxígeno del exterior y a la que el aire no alcanza a enfriar lo suficiente, y en la que una vez iniciada una reacción química exotérmica (debido a microorganismos, probablemente) las temperaturas pueden llegar a ser lo suficientemente elevadas como para que se inicien los puntos calientes.

Desde entonces, cuando asisto a una discusión de este tipo siempre me digo lo mismo: no basta con razonar, hay que medir. Las razones son válidas dentro de unos límites, y dejan de serlo fuera de ellos. A un metro de la superficie no sucede lo mismo que en el centro de una montaña.

En el fondo, esta es la enseñanza de los pioneros de la ciencia. Francis Bacon, Galileo, tiraron por tierra el edificio mental de los antiguos filósofos a base de hacer preguntas directamente a la naturaleza. Es decir: midiendo, comparando, acotando sus razones.

He tenido ocasión de pensar en estas cuestiones estos últimos meses. Nuestra política, tan categórica, tan poco medida, tan infantil, me ha llevado por ellas con nostalgia. ¿Por qué no se miden los mensajes? ¿Por qué no se piensa más cerca de la realidad?

El aborto, la ley del menor, la edad de jubilación. Grandes ocasiones para medir, y sin embargo se emplean razones categóricas:

¡La culpa es de los padres! frente a ¡Todos somos responsables de nuestros actos!
¡Están matando a un bebé! frente a ¡La mujer tiene derecho a planificar su futuro!
¡Todos tenemos la obligación de trabajar! frente a ¡Un hombre mayor tiene derecho a descansar!

Vale, vale, todos tenéis razón… pero sólo un poquito, sólo hasta cierto punto.

Antiguamente se le daba mucha importancia al momento del nacimiento, antes no había vida plena. Ahora la ciencia nos ha dado ecografías, y ahora fetos de quinientos gramos salen adelante en incubadoras. Los límites han cambiado. Otras personas creen que la fecundación de un óvulo lo convierte en un bebé. Entonces la ciencia nos demuestra que ese embrión puede salir mal, romperse en varios trozos, y de él nacen tres gemelos, tres almas individuales, distintas. Entonces unos médicos emplean un embrión para salvar la vida de un niño de verdad. ¿Qué es sagrado?

Y sobre todo: si no acotamos sólo hay blanco y negro. No hay grises. Confiamos el compromiso entre razones opuestas a un instante mágico, mitológico, que nos lleva del todo a la nada. De la irresponsabilidad a la culpa, de la anticoncepción al asesinato, de la obligación al derecho. ¿Por qué no una etapa de responsabilidad compartida entre padres e hijos? ¿Por qué no dar a elegir a los médicos si un aborto es pertinente? ¿Por qué no un margen amplio en el que elegir el mejor momento para descansar, con reducción paulatina de jornada incluida?

Necesitamos más ciencia y menos categorías absolutas. Midan un poco más, acertarán ustedes.

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Un comentario el “los límites de la razón

  1. jadqs
    26 de abril de 2010

    genial Moncho!Lo subjetivo, y por lo tanto no medible, es opinable.Lo medible se acerca mejor a lo preciso.Así nos va (sobre todo en lo político!)Un abrazo

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Esta entrada fue publicada en 23 de abril de 2010 por en ah qué raro y etiquetada con .
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