¡ah, qué raro!

…ideas como liebres…

la sabiduría

El calor se había enseñoreado del aire en la tarde del valle de Franzomel. A pesar de todo, Ramón estaba trabajando en la huerta como casi todas las tardes. A veces le acompañaba alguno de sus hijos, casi siempre le tocaba a los solteros, pero aquel día todos habían preferido una partida de mus debajo del sauce, y las carcajadas se escuchaban incluso allá arriba.

El cómaro que dividía en dos la finca separaba la casa de la huerta, que quedaba en el llano de arriba, hacia el camino trasero. Las malas hierbas se habían hecho rebeldes allí, asomando insolentemente sus flores por todas partes. Abajo las mujeres cuidaban de los niños, y la abuela siempre estaba en la galería que daba al frente, cosiendo, cuidando a los bebés, y charlando con todo el que quisiera oírle. Aunque era pronto, en la cocina ya se estaban preparando las tortillas para la cena: tres mujeres pelaban patatas, las cortaban, las freían y las mezclaban con el huevo batido. Dejaban luego la masa en cubos, preparada para freír en cuanto hiciese falta. En la cena se juntaba mucha gente.

Ramón se secaba el sudor entre la escasa sombra que daban las plantas de judías y los pimientos de Padrón. Al niño le gustaba subir cuando el abuelo trabajaba allí. Merodeaba por la huerta, se alejaba un poco, jugaba con unos palos y volvía a aparecer. Ramón le indicaba siempre, cariñosamente, dónde estaban los tesoros ocultos de la finca. Fresas silvestres, pieles de serpiente, lagartijas, montones de piedras… la inocencia es capaz de insuflar un alma en cada pequeña forma, sobretodo cuando sobra el tiempo y faltan compañeros de juegos.

El abuelo dejó caer las herramientas al suelo y se dirigió al chaval. Nos vamos. Por el camino de atrás, los ojos del niño se fijaban en todo. Era un sitio peligroso, al que nunca le dejaban ir solo, y aprovechaba al máximo la pequeña exploración. Llegaron hasta una casa sin cierres, pegada al camino, hecha toda de piedra y sin pintar. Afuera había media docena de gallinas y un gallo, y el niño se quedó mirando mientras su abuelo entraba a hablar con alguien.

Co-co-co-co-co-cocóoooo. Pasó un coche por la carretera, el primero de la tarde, y la banda se dispersó. Sólo quedaron el gallo y un pollo pelado, desplumado hacía poco por un zorro descuidado.

Ramón salió de la casa y se dirigió al crío. Nos vamos. Y siguió caminando. El niño echó a correr. Al cabo de poco, cuando se hubieron alejado de la casa, el abuelo aminoró el paso, y de pronto se detuvo de nuevo.

– Cuando te ofrezcan duros a cuatro pesetas, nunca debes de aceptarlos.

El niño le miró extrañado.

– Te digo que si alguien te ofrece algo por menos de lo que vale no lo debes coger nunca.

-¿Por qué, abuelo?

– Porque pueden pasar dos cosas: o bien es algo que se ha obtenido de forma sucia, que se ha robado, o si no es que te están engañando. ¿Entiendes?

Entraron esta vez por la puerta principal. Los órdagos y los envites atronaban el aire, y la sonrisa de la abuela iluminaba la vida desde la ventana de la galería.

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6 comentarios el “la sabiduría

  1. er jose
    12 de agosto de 2009

    qué bien te lo pasas Moncho!Tal y como lo describes da envidia!Te felicito!Saludos,

  2. moncho
    12 de agosto de 2009

    Ocurrió hace mucho tiempo. Yo soy el niño. Un saludo.

  3. Anonymous
    18 de agosto de 2009

    bonito, Moncho. Cada día escribes mejor, cabrito…Es en Montrove??Forgo.

  4. moncho
    20 de agosto de 2009

    NO, es en Santa Cruz. Bienvenido, ¿dónde te habías metido?

  5. inés
    4 de septiembre de 2009

    a mí me gustaba encontrar los huevos de las gallinas e ir al pozo por la noche con una linterna a coger agua o limones para la cena con mis hermanos y mis primas.

  6. moncho
    26 de septiembre de 2009

    ¡Qué bonito Inés!

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Esta entrada fue publicada en 11 de agosto de 2009 por en Sin categoría y etiquetada con , .
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